domingo, 29 de marzo de 2026

476. Entre el chiste y la burla: el arte de saber cuándo callar


El humor es uno de los lenguajes más universales que existen. Nos acerca, rompe el hielo, alivia tensiones y, muchas veces, construye puentes donde antes había distancia. Una broma oportuna puede transformar un momento incómodo en una experiencia compartida, e incluso fortalecer vínculos. Sin embargo, no todo lo que provoca risa es necesariamente sano, y no toda risa nace desde el respeto. Existe una línea muy delgada —y a veces casi invisible— entre reírse CON alguien y reírse DE alguien.

Reírse con alguien implica complicidad. Es una risa compartida, donde ambas partes participan y disfrutan del momento. En este tipo de humor hay confianza, afecto y, sobre todo, consentimiento implícito. Nadie se siente expuesto ni disminuido; al contrario, la risa une. Es la clase de humor que encontramos entre amigos cercanos, en familias que se conocen bien o en ambientes donde existe seguridad emocional.

En cambio, reírse de alguien tiene un matiz distinto. Aquí la risa se construye a costa del otro. Puede disfrazarse de broma, pero en el fondo contiene burla, crítica o incluso desprecio. A veces se basa en características personales, errores o situaciones vulnerables. Aunque quien hace la broma no siempre tenga la intención de herir, el efecto puede ser profundamente incómodo o doloroso para quien la recibe. Y lo más complejo es que muchas veces esto ocurre bajo la excusa de “solo era una talla”.

En mi caso, debo reconocer que muchas veces paso ese límite invisible entre la broma y la falta de respeto. Y eso me avergüenza mucho. Creo que es de sabios reconocer cuando uno se excede. En especial cuando ya algunos me lo han hecho notar. Mi Eve siempre ha sido comprensiva al respecto, y me aconseja diciéndome cuándo es el momento de callar

Claro está, el problema no está en el humor en sí, sino en la falta de sensibilidad que uno tiene como para reconocer el impacto de sus palabras. No todos percibimos las bromas de la misma manera. Y he aquí un punto importante: lo que para uno es gracioso, para otro puede ser humillante. Por eso, el verdadero arte no está solo en saber hacer reír, sino en saber cuándo detenerse. Eso se llama respeto por el otro. Eso se llama ser empático por los sentimientos del resto.

Saber callar es una forma de inteligencia emocional. Implica observar, leer el ambiente, notar las reacciones y entender los límites, incluso cuando no se expresan de forma explícita. Es reconocer que no todo pensamiento ingenioso necesita ser dicho, y que no toda oportunidad de hacer reír vale la pena si puede dañar a alguien más.

También requiere humildad. Aceptar que podemos equivocarnos, que una broma puede caer mal y que, en esos casos, corresponde pedir disculpas sin justificarse. Porque al final, el humor que construye es aquel que considera al otro, no el que lo expone.

En tiempos donde la rapidez de la comunicación muchas veces supera la reflexión, detenerse a pensar antes de hablar es más valioso que nunca. El silencio, lejos de ser una debilidad, puede ser una muestra de respeto, empatía y madurez.

Aprender esto me costó, y mucho. Y fue a costa del sufrimiento de amigos y familiares que, heridos, me escuchaban burlarme de ellos. Nunca fue la intención hacerlos sentir así. Pero claro, lo que importa son los hechos y, como escribí más arriba, hay que ser humildes y reconocer los errores cuando son cometidos. Pero, no solamente eso, sino también aprender de lo ocurrido, y no hacerlo jamás. Eso toma tiempo, créanme. ¿Vale la pena? Claro que sí. Porque he aprendido finalmente que los sentimientos de los demás valen mucho más que tirar tallas a lo loco. Y una verdad que no puedo dejar pasar por alto es que, si uno sigue actuando de forma burlesca, finalmente uno termina solo. Ya nadie quiere compartir con quien sólo de mofa de los demás.

Ser empático con los demás nos permitirá pensar en ellos antes
de hablar, y en pedir disculpas si es necesario.

¿Cómo te sentirías si tu amigo siempre se burla de ti? A mí no me gustaría que hicieran eso conmigo. Entonces, no tengo por qué hacerlo con los demás.

Entre la broma y la burla hay una frontera sutil, pero fundamental. Cruzarla o no depende de nuestra capacidad de escuchar, de observar y, sobre todo, de valorar a las personas por sobre la risa momentánea. Porque hacer reír es un talento, pero saber callar, cuando corresponde, es un arte.
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martes, 24 de marzo de 2026

475. De la vez en que gané un concurso


Todos en algún momento de nuestras vidas hemos participado en algún concurso para ver si éramos los ganadores. Concurso de cualquier tipo. Y les aseguro que casi todos ustedes, a pesar de participar y tener fe en que se llevarían el premio, no lograron ganar nada. Y sí: a mí también me ha pasado, y muchas veces. Sin embargo, hace unos días logré ganar un concurso y recibí un premio que, en marzo, se agradece.

Un minuto para ganar


Durante este mes de marzo, una conocida gasolinera de Chile, COPEC, lanzó un concurso llamado "El minuto COPEC". Durante ese minuto, todas las cargas de bencina que se realizaran a lo largo del país serían completamente gratis. Sí: GRATIS. Y yo me lo gané. Pero lo que quiero contarles es cómo el hecho de haber ganado fue realmente algo que era casi imposible que ocurriera. 

Para poder ganar, la venta debía concluir en el minuto exacto en que se realizaba el concurso. Claro está, nosotros los consumidores no teníamos ni idea de cuándo sería ese minuto durante el día. Cuando lanzaron el concurso, le comenté a mi Eve: "Eso es imposible. ¿Cuántas probabilidades tenemos de que, justo al pagar, sea el minuto ganador?". Y es que las probabilidades eran ínfimas.

Hagamos unos sencillos cálculos. Un día tiene 1440 minutos. Y de esa cantidad de minutos, sólo UNO es el ganador. Y, para más remate, no lo conocemos. La probabilidad de que pueda ganar es de 1 entre 1440, o sea, un 0,069%. Es una probabilidad muy baja, pero no imposible.

Yendo a echar bencina


Durante los primeros días COPEC dio a conocer el concurso. Incluso usaron influencer en redes sociales para promocionarlo. Yo seguía yendo a echar bencina, pero sin pensar en ganar el concurso. Eso, hasta que comenzaron a dar pistas. 

La pista era genial, porque te daban un intervalo de tiempo en el que estaba el minuto ganador. Ese intervalo era de 30 minutos si visitabas las redes sociales de COPEC, y de 15 minutos si tenías la aplicación COPEC para pagar (requisito del concurso: pagar con la app, no en efectivo o tarjeta física). Eso mejoraba considerablemente las probabilidades de ganar, porque al usar la aplicación, ya no eran 1440 minutos en donde debía buscar el minuto ganador, sino sólo 15. La probabilidad subía de 0,069% a 6,7%, un rango de probabilidad más decente para poder, por lo menos, intentarlo.

El lunes pasado me tocó trabajar. Y en mi trabajo uso mucha bencina con mi auto, así que, antes de comenzar mi turno, fui a una COPEC cerca de casa a echar bencina. La pista para ese día era que el minuto ganador iba a ser entre las 18:30 y 18:45 hrs. Iba detrás de un auto que iba extremadamente lento, y no podía adelantarlo porque había mucho tránsito a esa hora. Además, estaba lloviendo, así que en algunas zonas había taco producto de calles inundadas. Finalmente, llegué al servicentro. Me bajé y tenía la duda de si le echaba 15 mil o 20 mil pesos de bencina. Decidí echarle 15 mil pesos. Así que inicié la aplicación y comencé con la carga de bencina (era autoservicio, así que tuve que hacerlo yo mismo).

Terminé la carga a las 18:41 horas. Y, al pagar, me apareció esta imagen en la pantalla del surtidor de bencina:


¡Gané! Me salió gratis. Justo le achunté al minuto ganador. Me puse muy feliz, porque jamás gano cosas así. En las redes sociales muchos decían que era mentira, que nadie ganaba nada, pero yo sí gané.

Todo calzó para poder ganar


Pero, pensemos un poco: ¿Se dan cuenta de todo lo que pasó antes de llegar al servicentro? El auto que iba lento delante mío, los tacos producto de la lluvia, el decidir echar 15 mil en vez de 20 mil pesos de bencina... todo eso se conjugó para que mi carga terminara a las 18:41, y pudiera ganar. Increíble.

Estuve dentro del 6,7% de probabilidades de ganar. Y gané.

¿Y ustedes? ¿Ganaron en este o en otro concurso? Conversemos en los comentarios. ¡Hasta un siguiente artículo!
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Procedencia de la imagen 1: El Minuto Copec: Estamos contigo más que nunca | Copec S.A.
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viernes, 20 de marzo de 2026

474. Experiencias de un simple repartidor, parte 1


¿Les suena el título de este artículo? Sí: hace unos años tenía una sección que a muchos les gustó. Su nombre: “Experiencias de un simple cajero”, donde contaba varias historias en torno a mi oficio de ser cajero. Claro, hace varios años que dejé de serlo, aunque en cierta medida en nuestro negocio con mi Eve la hago de cajero al cobrar a los clientes. Pero, en la actualidad, me dedico a otra cosa, aparte de administrar la librería: soy repartidor.

Llevamos algunos meses con la librería “Donde Panchito” y, la verdad, ha tenido una buena acogida entre los vecinos. Ahora que estamos en época escolar hemos estado bien: vendemos, que es lo importante. Pero no lo suficiente como para poder subsistir. Nosotros calculamos que, recién, el próximo año podremos obtener alguna ganancia. Mientras tanto, y para poder comer, comprar ropa y pagar cuentas, yo estoy trabajando hace un tiempo como repartidor en una de estas aplicaciones que existen. No es el mejor trabajo del mundo, pero con él podemos subsistir como familia y, además, tenemos tiempo para otras cosas, como nuestra espiritualidad o el negocio.

Así que, a partir de ahora, de vez en cuando les contaré algunas cosillas que me han sucedido desde que comencé a repartir, en noviembre pasado. En este artículo les contaré una experiencia que viví hace un par de semanas.

Solucionando un cacho que ni siquiera fue por mi culpa


Verán: estaba esperando en mi auto que me llegara algún pedido (obviaré la forma de trabajar de estas aplicaciones, porque quizás muchos saben el sistema). Me llega una notificación a mi celular y parto a buscar un pequeño pedido a un local de comida X. Al llegar, tuve que esperar aproximadamente 20 minutos. Eso igual es harto, considerando que me pagan por pedido entregado, así que es fome esperar. Poco tiempo después de mi llegada, llegaron varios repartidores más: les entregaron sus pedidos y se fueron. Y yo… bueno… nada.

La chica del local salió y preguntó por el nombre del pedido (nombre que omitiremos claramente, pero pongámosle mi nombre: Francisco). “Qué raro – me dice la chica –. No tenemos ningún pedido a nombre de Francisco. Espéreme un poco”. Y ese poco fueron casi 10 minutos más.

Por fin me entregan el pedido, pero sin boleta. Eso me pareció un poco raro. “No se preocupe. Me dijeron que lo entregara así”, me dijo la chica, antes de cerrar la ventanilla. Yo, extrañado, tomé el pedido y me fui a entregarlo a la casa del cliente, distante a unos 8 minutos en auto.

Al llegar, sale a mi encuentro un caballero que, después supe, era el papá de Francisco. Me explicó que lo que le había llevado ahora era el faltante de un pedido anterior que se había estropeado al darse vuelta una bebida (ni idea si fue culpa del local o del repartidor anterior, pero para el caso me daba lo mismo). Luego de sacarle una foto al pedido como constancia de entrega, le pido el código para cerrar el pedido en mi aplicación. Pero tanto el papá como el hijo no lo tenían. Eso me pareció más raro aún.

Mientras hablaba con soporte de la aplicación, el caballero llamó al soporte del local. Los ánimos ya estaban algo caldeados (por lo menos por parte de él), porque pasaba el tiempo y yo no le entregaba el pedido (sin la clave no puedo cerrar el pedido y seguir repartiendo). La chica de soporte del local de comida explicaba que era raro que pidiera código, pero yo le mostré al caballero mi celular y, efectivamente, me pedía un código para cerrar todo.

En eso, del soporte de la app que uso para repartir, me indican que es el cliente quien debe pedir ayuda desde su app de pedidos para poder gestionar el cierre. Cuando le conté eso al caballero, sencillamente explotó: “Andate a la mier… con tu huev… de pedido. Llévatelo po. Si el cacho es de ustedes, así que ustedes me lo solucionar”, fue lo que dijo… y me lo dijo a mí XD

¿Cómo? ¿Yo tengo que solucionar un problema que ocasionó otro repartidor y que el local de comida no es capaz de solucionar? “A ver, primero se me va calmando caballero – le dije –, porque yo no tengo pito que tocar en este asunto. Yo fui a buscar un pedido al local y se lo traje. El problema que haya entre el local, la app de repartos y usted es entre ustedes. Ya le dije lo que tiene que hacer. Más no puedo hacer. El pedido no se los puedo entregar”. “No poh, si está hue… es problema tuyo po. Resuélvelo”, me contestó cortésmente. Molesto por recibir insultos por algo que yo no hice, decidí hablar yo mismo con la chica de soporte del local de comida y, luego de algunos minutos, ella me da el código que necesito. Lo ingreso en la app y asunto arreglado.

“Listo, ahí está su pedido. Adiós”, le dije. Y, aunque el caballero seguía diciendo tonteras, sencillamente lo ignoré y me fui. La culpa no fue mía: no estaba dispuesto a aceptar palabrotas de manera gratuita.

Lo que les acabo de contar es una excepción. He hecho cientos de entregas y jamás me había pasado algo así. De hecho, muchos me dan propina y me agradecen la gentileza de ir a dejarles sus pedidos a la puerta de su hogar. Pero bueno… gente sin respeto hay en todos lados.

Y, así, doy por iniciado esta sección en el blog, sección que, espero, dure su buen tiempo para poder tener algo que escribir aquí. Tengo varias ideas en mente, pero el tiempo apremia. ¡Nos vemos!
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jueves, 29 de enero de 2026

473. Desesperación


Hace muchos años atrás, por allá por el año 2017, toqué un tema que, en ese entonces, me causaba más de algún dolor de cabeza. Y es que esto de vivir en comunidad trae algunos problemas de por medio. En esa ocasión hablé sobre los ruidos molestos... creo que todos en algún momento hemos tenido algún vecino que tenga la música muy alta o haga fiestas hasta bien entrada la noche.

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martes, 27 de enero de 2026

472. Septiembre de mugre, parte 3

No estacionar (foto tomada de Emol.com)

Sigamos con mi triste historia donde espero que algún día me entreguen la licencia que mandé a reimprimir luego de que me la hurtaran a principios de septiembre. Mientras continuaba con esos trámites, más desgracias se me vendrían encima. 

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