¿Les suena el título de este artículo? Sí: hace unos años
tenía una sección que a muchos les gustó. Su nombre: “Experiencias de un simple
cajero”, donde contaba varias historias en torno a mi oficio de ser cajero.
Claro, hace varios años que dejé de serlo, aunque en cierta medida en nuestro
negocio con mi Eve la hago de cajero al cobrar a los clientes. Pero, en la
actualidad, me dedico a otra cosa, aparte de administrar la librería: soy
repartidor.
Llevamos algunos meses con la librería “Donde Panchito” y,
la verdad, ha tenido una buena acogida entre los vecinos. Ahora que estamos en
época escolar hemos estado bien: vendemos, que es lo importante. Pero no lo
suficiente como para poder subsistir. Nosotros calculamos que, recién, el
próximo año podremos obtener alguna ganancia. Mientras tanto, y para poder
comer, comprar ropa y pagar cuentas, yo estoy trabajando hace un tiempo como
repartidor en una de estas aplicaciones que existen. No es el mejor trabajo del
mundo, pero con él podemos subsistir como familia y, además, tenemos
tiempo para otras cosas, como nuestra espiritualidad o el negocio.
Así que, a partir de ahora, de vez en cuando les contaré
algunas cosillas que me han sucedido desde que comencé a repartir, en noviembre
pasado. En este artículo les contaré una experiencia que viví hace un par de
semanas.
Solucionando un cacho que ni siquiera fue por mi culpa
Verán: estaba esperando en mi auto que me llegara algún
pedido (obviaré la forma de trabajar de estas aplicaciones, porque quizás
muchos saben el sistema). Me llega una notificación a mi celular y parto a
buscar un pequeño pedido a un local de comida X. Al llegar, tuve que esperar
aproximadamente 20 minutos. Eso igual es harto, considerando que me pagan por
pedido entregado, así que es fome esperar. Poco tiempo después de mi llegada,
llegaron varios repartidores más: les entregaron sus pedidos y se fueron. Y yo…
bueno… nada.
La chica del local salió y preguntó por el nombre del pedido
(nombre que omitiremos claramente, pero pongámosle mi nombre: Francisco). “Qué
raro – me dice la chica –. No tenemos ningún pedido a nombre de Francisco.
Espéreme un poco”. Y ese poco fueron casi 10 minutos más.
Por fin me entregan el pedido, pero sin boleta. Eso me
pareció un poco raro. “No se preocupe. Me dijeron que lo entregara así”, me
dijo la chica, antes de cerrar la ventanilla. Yo, extrañado, tomé el pedido y
me fui a entregarlo a la casa del cliente, distante a unos 8 minutos en auto.
Al llegar, sale a mi encuentro un caballero que, después
supe, era el papá de Francisco. Me explicó
que lo que le había llevado ahora era el faltante de un pedido anterior que se había
estropeado al darse vuelta una bebida (ni idea si fue culpa del local o del
repartidor anterior, pero para el caso me daba lo mismo). Luego de sacarle una
foto al pedido como constancia de entrega, le pido el código para cerrar el
pedido en mi aplicación. Pero tanto el papá como el hijo no lo tenían. Eso me
pareció más raro aún.
Mientras hablaba con soporte de la aplicación, el caballero
llamó al soporte del local. Los ánimos ya estaban algo caldeados (por lo menos
por parte de él), porque pasaba el tiempo y yo no le entregaba el pedido (sin
la clave no puedo cerrar el pedido y seguir repartiendo). La chica de soporte
del local de comida explicaba que era raro que pidiera código, pero yo le
mostré al caballero mi celular y, efectivamente, me pedía un código para cerrar
todo.
En eso, del soporte de la app que uso para repartir, me
indican que es el cliente quien debe pedir ayuda desde su app de pedidos para
poder gestionar el cierre. Cuando le conté eso al caballero, sencillamente
explotó: “Andate a la mier… con tu huev… de pedido. Llévatelo po. Si el cacho
es de ustedes, así que ustedes me lo solucionar”, fue lo que dijo… y me lo dijo
a mí XD
¿Cómo? ¿Yo tengo que solucionar un problema que ocasionó
otro repartidor y que el local de comida no es capaz de solucionar? “A ver,
primero se me va calmando caballero – le dije –, porque yo no tengo pito que
tocar en este asunto. Yo fui a buscar un pedido al local y se lo traje. El
problema que haya entre el local, la app de repartos y usted es entre ustedes. Ya
le dije lo que tiene que hacer. Más no puedo hacer. El pedido no se los puedo
entregar”. “No poh, si está hue… es problema tuyo po. Resuélvelo”, me contestó
cortésmente. Molesto por recibir insultos por algo que yo no hice, decidí
hablar yo mismo con la chica de soporte del local de comida y, luego de algunos
minutos, ella me da el código que necesito. Lo ingreso en la app y asunto
arreglado.
“Listo, ahí está su pedido. Adiós”, le dije. Y, aunque el
caballero seguía diciendo tonteras, sencillamente lo ignoré y me fui. La culpa
no fue mía: no estaba dispuesto a aceptar palabrotas de manera gratuita.
Lo que les acabo de contar es una excepción. He hecho
cientos de entregas y jamás me había pasado algo así. De hecho, muchos me dan
propina y me agradecen la gentileza de ir a dejarles sus pedidos a la puerta de
su hogar. Pero bueno… gente sin respeto hay en todos lados.
Y, así, doy por iniciado esta sección en el blog, sección
que, espero, dure su buen tiempo para poder tener algo que escribir aquí. Tengo
varias ideas en mente, pero el tiempo apremia. ¡Nos vemos!
