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viernes, 20 de marzo de 2026

474. Experiencias de un simple repartidor, parte 1


¿Les suena el título de este artículo? Sí: hace unos años tenía una sección que a muchos les gustó. Su nombre: “Experiencias de un simple cajero”, donde contaba varias historias en torno a mi oficio de ser cajero. Claro, hace varios años que dejé de serlo, aunque en cierta medida en nuestro negocio con mi Eve la hago de cajero al cobrar a los clientes. Pero, en la actualidad, me dedico a otra cosa, aparte de administrar la librería: soy repartidor.

Llevamos algunos meses con la librería “Donde Panchito” y, la verdad, ha tenido una buena acogida entre los vecinos. Ahora que estamos en época escolar hemos estado bien: vendemos, que es lo importante. Pero no lo suficiente como para poder subsistir. Nosotros calculamos que, recién, el próximo año podremos obtener alguna ganancia. Mientras tanto, y para poder comer, comprar ropa y pagar cuentas, yo estoy trabajando hace un tiempo como repartidor en una de estas aplicaciones que existen. No es el mejor trabajo del mundo, pero con él podemos subsistir como familia y, además, tenemos tiempo para otras cosas, como nuestra espiritualidad o el negocio.

Así que, a partir de ahora, de vez en cuando les contaré algunas cosillas que me han sucedido desde que comencé a repartir, en noviembre pasado. En este artículo les contaré una experiencia que viví hace un par de semanas.

Solucionando un cacho que ni siquiera fue por mi culpa


Verán: estaba esperando en mi auto que me llegara algún pedido (obviaré la forma de trabajar de estas aplicaciones, porque quizás muchos saben el sistema). Me llega una notificación a mi celular y parto a buscar un pequeño pedido a un local de comida X. Al llegar, tuve que esperar aproximadamente 20 minutos. Eso igual es harto, considerando que me pagan por pedido entregado, así que es fome esperar. Poco tiempo después de mi llegada, llegaron varios repartidores más: les entregaron sus pedidos y se fueron. Y yo… bueno… nada.

La chica del local salió y preguntó por el nombre del pedido (nombre que omitiremos claramente, pero pongámosle mi nombre: Francisco). “Qué raro – me dice la chica –. No tenemos ningún pedido a nombre de Francisco. Espéreme un poco”. Y ese poco fueron casi 10 minutos más.

Por fin me entregan el pedido, pero sin boleta. Eso me pareció un poco raro. “No se preocupe. Me dijeron que lo entregara así”, me dijo la chica, antes de cerrar la ventanilla. Yo, extrañado, tomé el pedido y me fui a entregarlo a la casa del cliente, distante a unos 8 minutos en auto.

Al llegar, sale a mi encuentro un caballero que, después supe, era el papá de Francisco. Me explicó que lo que le había llevado ahora era el faltante de un pedido anterior que se había estropeado al darse vuelta una bebida (ni idea si fue culpa del local o del repartidor anterior, pero para el caso me daba lo mismo). Luego de sacarle una foto al pedido como constancia de entrega, le pido el código para cerrar el pedido en mi aplicación. Pero tanto el papá como el hijo no lo tenían. Eso me pareció más raro aún.

Mientras hablaba con soporte de la aplicación, el caballero llamó al soporte del local. Los ánimos ya estaban algo caldeados (por lo menos por parte de él), porque pasaba el tiempo y yo no le entregaba el pedido (sin la clave no puedo cerrar el pedido y seguir repartiendo). La chica de soporte del local de comida explicaba que era raro que pidiera código, pero yo le mostré al caballero mi celular y, efectivamente, me pedía un código para cerrar todo.

En eso, del soporte de la app que uso para repartir, me indican que es el cliente quien debe pedir ayuda desde su app de pedidos para poder gestionar el cierre. Cuando le conté eso al caballero, sencillamente explotó: “Andate a la mier… con tu huev… de pedido. Llévatelo po. Si el cacho es de ustedes, así que ustedes me lo solucionar”, fue lo que dijo… y me lo dijo a mí XD

¿Cómo? ¿Yo tengo que solucionar un problema que ocasionó otro repartidor y que el local de comida no es capaz de solucionar? “A ver, primero se me va calmando caballero – le dije –, porque yo no tengo pito que tocar en este asunto. Yo fui a buscar un pedido al local y se lo traje. El problema que haya entre el local, la app de repartos y usted es entre ustedes. Ya le dije lo que tiene que hacer. Más no puedo hacer. El pedido no se los puedo entregar”. “No poh, si está hue… es problema tuyo po. Resuélvelo”, me contestó cortésmente. Molesto por recibir insultos por algo que yo no hice, decidí hablar yo mismo con la chica de soporte del local de comida y, luego de algunos minutos, ella me da el código que necesito. Lo ingreso en la app y asunto arreglado.

“Listo, ahí está su pedido. Adiós”, le dije. Y, aunque el caballero seguía diciendo tonteras, sencillamente lo ignoré y me fui. La culpa no fue mía: no estaba dispuesto a aceptar palabrotas de manera gratuita.

Lo que les acabo de contar es una excepción. He hecho cientos de entregas y jamás me había pasado algo así. De hecho, muchos me dan propina y me agradecen la gentileza de ir a dejarles sus pedidos a la puerta de su hogar. Pero bueno… gente sin respeto hay en todos lados.

Y, así, doy por iniciado esta sección en el blog, sección que, espero, dure su buen tiempo para poder tener algo que escribir aquí. Tengo varias ideas en mente, pero el tiempo apremia. ¡Nos vemos!
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