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jueves, 13 de diciembre de 2018

323. La Olimpiada, capítulo 5



<< Capítulo 4

- Capítulo 5 -

¡Y comenzaron las olimpiadas! Más de 100 días de juegos y entretención, que el emperador esperaba con ansias, no solamente porque las olimpiadas eran ideales para que la gente olvidara los problemas y dejaran de quejarse, sino también porque, luego de muchos años, podrá ver cómo acaban la vida de quien le hizo la vida imposible: Constantine.

Eso sí, no era simplemente echar a Constantine a la arena para pelear. Todo el mundo le temía, por lo que conseguir a alguien que quisiera confrontarlo era una misión titánica. Ninguno de los más famosos gladiadores griegos querían una batalla a muerte con él, y durante muchas semanas se fue aplazando la gran atracción de las Olimpiadas. Pero los dioses habían hablado: Constantine debía ser sacrificado a ellos mediante una batalla, y no había vuelta atrás.

Sin embargo, habían algunos que no podían convencerse de que aún estuviera vivo Constantine, especialmente porque tuvieron la oportunidad de acabar con él tiempo atrás y, sin embargo, no lo hicieron. Mientras se llevaban a cabo las olimpiadas, intentaban por todos los medios de convencer a Alejandro que desistiera de llevarlo a la arena y que matara de una vez al delincuente.

- Pero Alejandro, ¿no te has puesto a pensar en la remota idea de que Constantine sobreviva? - preguntó Vasilios -. ¿Estarás dispuesto a dejarlo ir?
- Es verdad, majestad. No podemos darnos el lujo de que se vaya y se ría de todos nosotros, luego que todas las fechorías que ha hecho - dijo Obelius -. Insisto en la idea de ejecutarlo ahora mismo.
- No podemos ir en contra de los designios de los dioses - intervino Adonis -. Ellos ya hablaron por medio del oráculo.
- Claro - respondió Alejandro -, y si los dioses dijeron eso, seguramente es porque nos darán a Constantine en nuestra mano. No creo que Zeus y los demás estén jugando con nosotros. Y si alguno de ustedes piensa eso, creo que merecen lo mismo que Constantine.
- No, por supuesto que no mi señor - dijo Vasilios -. Es solo que estamos preocupados. Han pasado ya más de setenta días desde que iniciamos los juegos, y aun no hallamos a nadie que quiera enfrentarse a él.
- Todos le tienen miedo Alejandro - dijo Obelius -. Y si nadie quiere pelear con él, ¿cómo lo ofreceremos a los dioses?
- Por algo los dioses hablaron y dijeron tal cual como todos nosotros sabemos. Y es que cuando ellos hablan, las cosas se dan para que todo sea como indican ellos.
- ¿A qué te refieres emperador?
- A que ya tenemos a alguien que quiere enfrentarse con él. Y tiene mucha sed de venganza.
- ¿Estás hablando en serio Alejandro? - preguntó Obelius - ¿Me estás tomando el pelo?
- Imposible - respondió Alejandro -. Eres calvo. ¿Qué pelo te voy a tomar?

Vasilios y Adonis explotan en risa. Obelius se enoja.

- Creo que no es el momento de decir semejantes bromas. No estoy dispuesto a aceptarlas, y menos del mismísimo emperador - dijo Obelius -.
- Vamos, hombre. No te enojes. ¿Se acuerdan de Creonte? ¿El principal a cargo de los gladiadores en estas olimpiadas?
- Si, lo recuerdo muy bien - respondió Adonis -. Es igual de calvo de Obelius.
- Es verdad, pero ese no es el meollo del asunto. Este hombre ayer me indicó que uno de los gladiadores más grandes y fuertes que tiene, Odiseo, quiere enfrentarse a Constantine y acabar con él. Y este hombre es muy fuerte. Físicamente es un monstruo. Mide dos metros quince y pesa ciento noventa y siete kilos. En sus más de quince años en la arena, jamás ha perdido. Creo que es invencible y los dioses ciertamente están con él. De eso no me cabe duda.
- Me parece magnífico, majestad - dijo Vasilios, lleno de alegría -. Pero... ¿a qué se refiere con que tiene mucha sed de venganza?
- Es que Constantine mató a toda la familia de Odiseo en una trifulca cerca de Atenas hace un tiempo. Y si a eso le sumamos su contextura, el apoyo de los dioses y de todos nosotros desde las gradas... sin lugar a dudas disfrutaré mucho ver morir a Constantine - se para de su asiento -. Ahora, si me disculpan, quiero ir a disfrutar un poco de las olimpiadas.
- Claro Alejandro. Disfrútelas.

Finalmente, se dispuso que al final de las olimpiadas, como broche de oro de los juegos, se enfrentaran Odiseo y Constantine, en una batalla a muerte que sin lugar a dudas convocará la atención de todos los asistentes. La pregunta es: ¿Quién ganará?

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Nota: recuerda que esta obra, compuesta de varios capítulos, tiene licencia y no puede ser plagiada. Más información en el apartado Licencia y condiciones de uso.
Nota: la imagen al principio de este escrito está tomada Guía de Grecia.

martes, 31 de julio de 2018

305. La olimpiada, capítulo 4


<< Capítulo 3

Amanece sobre la ciudad de Atenas. Después de una álgida noche, donde hubo prácticamente de todo, es hora de que el emperador Alejandro se reúna nuevamente con sus asesores y principales, para coordinar los pasos a seguir luego del intento de asesinato de Constantine en contra del emperador.

- Señores - comenzó hablando Alejandro -. Lo sucedido anoche fue una locura. Una aberración que no debió suceder, pero que finalmente pasó. Aun no logro comprender cómo es posible que los dioses hayan aprobado el esperar a las olimpiadas para poder acabar con este muerto de hambre. ¡Intentó matarme anoche mientras amenazaba con matar a quien se le cruzase por su camino...
- Mi señor - respondió Vasilios -: entienda de una vez que la sabiduría infinita de los dioses es muy superior a la nuestra. No podemos cuestionar las decisiones que tomen referente a cualquier tema del que se les inquiera consejo. Si Zeus...
- ¡No tiene sentido! - interrumpe Alejandro - Mi esposa también habla con los dioses, y ellos le dijeron que no se venían tiempos mejores si manteníamos con vida a Constantine.
- Es verdad, pero también indicaron que la voluntad de ellos es que sea sacrificado en las Olimpiadas. Si no llevas a cabo su voluntad, ten por seguro que serás azotado por sus plagas.
- Eso también es cierto... 
- A todo esto, emperador - indica Obelius -... ¿dónde esta ese infeliz ahora?
- Está de nuevo en su celda, totalmente encadenado y custodiado por treinta soldados reales. Espero que eso sea suficiente. Por ahora no he recibido informes de que haya intentado escapar.
- Eso es bueno... pero, ¿qué harás?
- Lo que los dioses han ordenado. Llevaremos a Olimpia a este fulano, y lo sacrificaremos a los dioses - se para de su asiento -. Ha llegado la hora de que sea ejecutado, y que yo, desde mi palco real allá en las olimpiadas, pueda disfrutar cada segundo con la agonía y muerte de Constantine. Ahora, si me permiten, cambiemos de tema y hablemos de cómo van los últimos preparativos de las olimpiadas.

Durante ese día, un centenar de soldados se encargan de que Constantine sea trasladado a Olimpia, para que sea muerto en batalla y sacrificado a los dioses. Ese mismo día, Alejandro y sus principales, así como muchas personas, emprenden el viaje a Olimpia, para disfrutar de más de 100 días de juegos y fiesta. Lo que nadie sabía, es que estas olimpiadas serían inolvidables... tanto para Alejandro como para quienes iban con él.

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Nota: recuerda que esta obra, compuesta de varios capítulos, tiene licencia y no puede ser plagiada. Más información en el apartado Licencia y condiciones de uso.
Nota: la imagen al principio de este escrito está tomada Guía de Grecia.

lunes, 9 de abril de 2018

286. La olimpiada, capítulo 3



- Capítulo 3 -

Alejandro se encuentra solo. Está desconcertado, temeroso, con mucho miedo. Mucho no... con muchísimo miedo. Constantine anda merodeando por entre los pasillos del palacio, y los soldados aun no dan con él. El emperador está consciente que, si Constantine lo halla, todo llega a su fin. Decide ir al oráculo del palacio para buscar la guía de los dioses. Le pide a Adonis que lo acompañe para que interceda por él.

En eso estaba, buscando mil y una formas de poder hallar el favor de los dioses del olimpo cuando, de pronto, se escuchan unos pasos acercarse al oráculo. Alejandro, temiendo lo peor, indica a Adonis que huya mientras pueda. Decidido a hacerle frente, desenvaina su espada, listo para la pelea. Sin embargo, quien llega a donde él no es Constantine, sino uno de los principales, Vasilios.

- Por fin te he hallado Alejandro - dice Vasilios -. Supuse que te hallaría aquí, buscando la ayuda de los dioses. ¿Estás bien?
- ¿De verdad piensas que puedo estar bien? No puedo estar tranquilo mientras mis guardias no hallan a ese asesino. ¿Pero qué se cree este maldito? ¿Cree que puede jugar con nuestras vidas o con los dioses así como si nada? Vasilios: debemos hacer algo. No podemos esperar hasta las olimpiadas para cumplir con los deseos de Zeus.
- Alejandro. Los dioses han hablado, y Zeus es quien manda. No es llegar y desconocer sus designios. Si lo hacemos, las consecuencias serían peores que si hacemos lo que nos piden. Ten paciencia. Pronto habremos acabado con este fulano.
- Espero que tengas razón. Siempre he confiado en los dioses, pero llegas a un punto es que pones en tela de juicio lo que te dicen. ¿No habría sido mejor haber acabado con su vida de inmediato una vez capturado? - comienza a caminar en círculos - Tengo miedo, mucho miedo. Temo por mi vida y... - de pronto, se queda paralizado, completamente helado, sin decir ni una sola palabra. Vasilios se da cuenta -.
- ¿Emperador? ¿Alejandro? ¿Te sucede algo? ¿Por qué has detenido tu marcha y tu habla de manera tan abrupta?
- ¡No! ¡No puede ser! ¡Mi esposa! ¡Mi hija! ¡Tengo que ir a verlas!
- ¡Tienes razón! Vamos ya.

Corren desesperadamente por los pasillos del palacio, para llegar lo antes posible donde su amada familia. En eso, y sin darse cuenta, Alejandro en un cambio de pasillo se encuentra cara a cara con Constantine. Éste está completamente ensangrentado, y trae una espada en su mano. Alejandro queda helado, sin capacidad de reacción. Este es el momento que tanto tiempo había esperado Constantine. Vasilios huye despavorido.

- Pero miren a quién tenemos aquí. Al emperador más patético en la historia de Grecia. Alejandro el cobarde. ¿No que eras muy valiente estando yo amarrado y con guardias a mi alrededor? - empuja a Alejandro y, golpeándose el pecho, grita - ¡Adelante, cobarde! ¡Acaba conmigo de una vez, si eres tan valiente como dices ser!
- No voy a manchar mis manos contaminándolas contigo. ¡Eso jamás!
- ¡Qué hipócrita eres! Mataste a toda mi familia, familia de tu propia esposa... - dicho eso, en un acto de furia, agarra a Alejandro del cuello y lo aprisiona contra una pared - ¡De tu propia esposa, maldito! ¿Cómo pudiste? ¡Tienes tus manos manchadas de sangre inocente! ¿Y ahora dices que no quieres contaminarlas? Pero ahora llegó el momento de acabar contigo, y limpiar la honra de mi padre y de mi madre para siempre.
- Constantine... - intenta hablar Alejandro, ahogándose mientras es ahorcado por Constantine - ...los dioses están mirando. Podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a ambos...
- Jajajaja - se ríe descontroladamente, soltando a Alejandro del cuello - Alejandro, el emperador más "valiente" que el mundo ha conocido... ¿Pidiendo un trato con un delincuente de poca monta? ¡Qué patético eres! Pero ya verás que yo no soy como tú. Tengo un nombre, una honra, y una reputación que cuidar, y este es el momento en que todo el mundo sepa la clase de hombre que eres.

En eso, Constantine le da un rodillazo en la boca del estómago al emperador, y este cae al suelo, ahogándose y con mucho dolor. Aprovechando esto, Constantine toma su espada, listo para acabar con Alejandro, clavándosela en el cuello. De pronto, alguien dispara una flecha, dándole en una de las piernas a Constantine. Este cae de dolor y, aprovechando la instancia, los soldados del palacio se abalanzan sobre él. Por fin, logran apresarlo y, drogándolo, lo hacen dormir. La pesadilla de Alejandro había terminado... al menos por ahora.

- Mi esposa, mi hija... ¿Están bien? ¿Dónde están? ¡Quiero verlas! - gritaba el emperador, luego de calmarse un poco -. Necesito estar con ellas...
- Mi señor - le responde Otis -, deben estar durmiendo. No creo que sea prudente ir a molestarlas. Preocúpese de Constantine que...
- ¡No me digas de qué debo preocuparme! - le interrumpe Alejandro, levantándose y yendo a ver a su familia, corriendo alocadamente -.

Luego de correr unos instantes llegó a la habitación. Luego de pasar sobre los soldados que estaban cuidando, abrió lentamente la puerta y allí estaban: su esposa y su hija durmiendo plácidamente. Una paz y tranquilidad inundó a Alejandro como no la había sentido desde el momento en que Constantine fue apresado por primera vez.

- ¡Gracias Zeus por cuidar de mi familia! No te fallaré. Lo juro.

Finalmente, el cuerpo cansado de Alejandro le pide a gritos dormir. Eran más de las cuatro de la mañana cuando, por fin, el emperador se va a descansar, sin saber lo que ocurriría por la mañana, ni mucho menos saber qué sucedería en la ya famosa Olimpiada que se aproximaba.
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Nota: la imagen al principio de este escrito está tomada Guía de Grecia.

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sábado, 17 de marzo de 2018

281. La Olimpiada, capítulo 2




 - Capítulo 2 - 

Cae la noche en Atenas. Constantine ya está en su prisión, listo para vivir su última noche antes de ser ejecutado por la mañana. Mientras, el emperador Alejandro va en búsqueda de su esposa, Calista, y de su pequeña hija, Helena, apresurado puesto que sabe que Constantine es capaz de liberarse de prisión y cumplir su palabra de acabar con su familia.

Al llegar a la alcoba real, halla a ambas en la cama, listas para dormir. Apenas entra Alejandro, Calista se levanta y corre a sus brazos, echándose a llorar de miedo y desesperación.

- Oh, Alejandro - decía Calista -, amor mío. Temo que ese malhechor haga algo en contra tuya o de nuestra querida hija. Vuestro intercambio de palabras cruzaron cual flecha fugaz y llegaron hasta acá, partiéndome el alma. Y los dioses... los dioses me advierten que no se vienen tiempos mejores para nosotros si no acabas con Constantine.
- Mi hermosa Calista. No permitiré que nadie ose hacerles daño. Ya mandé a custodiar la celda de Constantine durante toda la noche y apenas amanezca, será ejecutado y...
- Pero Alejandro - interrumpe Calista -. ¿Por qué esperar hasta mañana? ¿No sería muchísimo mejor acabar con ese infeliz ahora mismo? Si llegase a escapar, no solamente nuestras vidas estarían en peligro. ¿Sabes lo que pasaría si el pueblo se enterase de la fuga de Constantine? Aparte que serías el hazmerreír del pueblo, todos le darían honra a quien no se lo merece, porque esa honra te corresponde sólo a ti.
- Los sacerdotes del oráculo me indicaron que la decisión que tomé es la correcta, de acuerdo a la voluntad de Zeus. No quiere derramamiento de sangre esta noche. Ya sabes que los caminos de Zeus son misteriosos. Sólo hay que acatar y ver qué sucede durante la mañana. - La toma entre sus manos y la abraza con ternura, y dice: - No te preocupes en demasía amor. Estamos seguros y protegidos. Los dioses saben que estoy siguiendo los pasos de mi padre y debo dar honor a mi familia cobrando venganza sobre Constantine, para que el oprobio salga de en medio de nosotros, y de en medio de nuestra preciosura, Helena.
- Es verdad - dice y, luego de mirar a Helena, agrega: - Mira cómo duerme nuestra hija.
- Sabes que daría mi vida por ti y por Helena. Ahora debo dejarlas un rato. Debo pensar en lo que sucederá al amanecer. Le diré a un par de guardias que custodien la alcoba.
- Por favor, amor. No te demores. Tu hija y yo esperaremos que vuelvas.

En eso, Helena despierta.

- Papi. ¿A dónde vas? - preguntó Helena -.
- No temas, hija mía. Mamá se quedará contigo. Debo tratar unos asuntos urgentes en el salón real.
- Te quiero papá. No te vayas tan lejos - dicho esto, le lanza un beso a la distancia -. 
- Yo también te quiero hija, a ti y a tu madre - dicho esto, Alejandro se marcha -.

Mientras Alejandro se dirige de prisa al salón real, donde ha mandado a llamar a los principales sacerdotes y hombres valerosos del imperio, en la celda Constantine está pensando qué hacer para intentar escapar antes de que sea muerto en manos de Alejandro, aprovechando que aun no llegan los guardias que el emperador mandó para custodiar su celda.

- ¡Maldita sea! ¿Cómo salgo de aquí? Por los dioses... - camina de un lado para otro en su celda -. Tengo que hallar la forma de salir de aquí... No hay nadie viendo... Tengo que escapar de algún modo.

Constantine caminaba de aquí para allá en su pequeña celda de 3 por 3. Miraba para todos lados buscando algún punto débil de la celda o alguna herramienta con que abrir los barrotes. Golpea con sus puños la muralla, patea la puerta de la celda, pero todo es en vano. No puede salir por ningún lado ni de ninguna forma. En eso, llega la custodia que mandó Alejandro. Diez soldados se ubican a la entrada de la celda, de punto fijo, para evitar que Constantine escape.

- ¡Ni crean que me intimidan! - gritaba Constantine en su celda -. ¡Si supieran las cosas que hizo Alejandro en contra de mi familia!... ¡Ni siquiera estarían aquí! Serían mis aliados, porque comprenderían que ese emperador de pacotilla no es más que un asesino despiadado... ¡¡Sáquenme de aquí!! ¡¡Les juro que me vengaré por todo esto!!

Al ver que los guardias no pronunciaban palabra alguna, y ni se movían de sus posiciones, Constantine se sentó en una esquina de la celda y, luego de mirar al techo unos instantes, comenzó a llorar desconsoladamente. 

- Este es mi fin. Lo siento padre, madre. No pude limpiar vuestros nombres...

Luego de algunos minutos ya están todos presentes en la sala real, donde Alejandro y los allí reunidos discutirán acerca del destino de Constantine.

- Otis, si no fuera mucha la molestia, puedes retirarte. Y procura que nadie nos interrumpa, por favor.
- Como mande, mi señor - dicho esto, se retira de la sala real y cierra la puerta tras de sí -.
- Hermanos míos - comenzó hablando Alejandro -. Siento haberlos citado tan tarde a esta reunión de emergencia, pero creo que los hechos acaecidos durante las últimas horas son suficiente motivo para poder efectuar esta reunión. Como ya deben saber, hace unas horas hemos dado con Constantine, uno de los delincuentes más peligrosos de la ciudad... y me atrevería a decir, del imperio.
- ¿Cómo has logrado tamaña hazaña, emperador? - preguntó Adonis, uno de los sacerdotes del oráculo de Zeus.
- Pues mis soldados le tendieron una emboscada. Pero ese no es el motivo de esta reunión.
- ¿Ah no? - indicó Vasilios, uno de los principales en el imperio -. Entonces, explícanos a qué se debe tanta batahola Alejandro.
- Ustedes ya deben conocer el motivo por el cual Constantine ha causado tantos problemas tanto en Atenas como en otras provincias del imperio. Su sed de venganza por no aceptar que su hermana Calista se haya casado conmigo ha provocado todo este sufrimiento. Y en su locura ha causado ruina a mi familia, por lo que he decidido ejecutarlo al amanecer. Sin embargo, tengo mucho miedo porque este fulano es capaz de escaparse, aun cuando he dejado un contingente de guardias en la celda donde está encerrado.
- Y si tienes tanto miedo... ¿por qué no lo mandas a matar ahora mismo? Te ahorrarías muchos problemas - dijo Obelius, otro principal del imperio, y brazo derecho del emperador -.
- ¿Y que la furia de Zeus caiga sobre nosotros? ¡Ni hablar! - increpó Adonis -. Zeus me ha pedido expresamente mediante el oráculo que esperemos hasta el amanecer. Además, no creo que haya problema si el mismo emperador se ha encargado de vigilar la celda de Constantine.
- De todas formas - agrega Alejandro - si hacemos caso a las instrucciones de nuestros dioses, y en especial de Zeus, todo saldrá bien. Eso está más que claro.
- Entonces - interrumpe Obelius -, no veo el motivo de haberme levantado a la una de la mañana para reunirnos aquí. Hasta Vasilios se está quedando dormido aquí.
- No seas mentiroso - responde Vasilios -. Aquí estoy, despierto y muy atento. Tan atento que me he fijado que tu pregunta es muy adecuada. ¿A qué se debe todo esto?
- Pues, que no me convence simplemente llegar y matarlo en la mañana. Bastante daño me ha causado a mí, a mi familia, a su familia y...
- Bueno... a su familia ni tanto. Permíteme recordarte, Alejandro, que mandaste a matar a toda su familia. Y tu esposa sufrió mucho por ver a sus padres morir.
- Si, pero se lo merecían por todo lo que me hicieron. Aparte Calista comprendió perfectamente lo que estaba pasando, lo aceptó y me apoyó en mi decisión. Y eso que aun no me vengo completamente. Eso sucederá por la mañana. Pero, ese no es el asunto en cuestión Obelius. Siento que debería disfrutar de lo que sucederá por la mañana con Constantine. Y esto de llegar y ejecutarlo así sin más... como que... no es muy gracioso que digamos, ni digno de ser disfrutado.
- ¿Quieres decir que no hará nada con él? - pregunta Adonis, con cara de extrañado - ¿Y qué pretende? ¿Dejarlo libre por la mañana?
- Ni lo pienses.. por eso el motivo de esta reunión. Ver la forma de disfrutar acabando con este infeliz.
- Pues... ahora comprendo todo mi señor. Y ese es el motivo por el que Zeus no quería que lo mandaras a matar ahora mismo - indica Adonis -.
- ¿A qué te refieres, Adonis? - pregunta Vasilios -.
- Verán. Justo antes de venir acá, en el oráculo se me indicó que, en vez de llevar a cabo lo planeado hasta ahora, podrías usar a Constantine como sacrificio a los dioses en la Olimpiada que comienza en dos días semanas en Olimpia.
- ¿Como sacrificio? ¿En la olimpiada?
- Claro. Debes asegurarte que se enfrente a un poderoso hombre. Un hombre tan, pero tan fuerte, que Constantine será derrotado, muerto y llevado como ofrenda a los dioses. Y tú, desde tu aposento real en el coliseo olímpico, podrás disfrutar de cómo acaban con Constantine.

El emperador se levanta de su asiento. Los asistentes comienzan a murmurar, unos apoyando a Adonis, y otros criticando su decisión. Pero nadie quería decir algo, por temor a que la furia de los dioses cayeran sobre ellos. Finalmente, luego de algunos minutos, el emperador se detiene frente a Adonis.

- Me agrada la idea de los dioses, Adonis. Se hará como ellos...

En eso, la conversación se interrumpe súbitamente por fuertes golpes en la puerta del salón real. De pronto, entra Otis totalmente angustiado y muerto de miedo, junto con otro soldado, ensangrentado.

- ¿Pero qué significa todo esto, Otis? ¿Y este soldado lleno de sangre? ¿No te dije que...?
- ¡Mi señor! - grita Otis lleno de susto - ¡Siento molestar!. Pero... ¡Es terrible lo que ha pasado! Constantine ha matado a todos los que lo custodiaban y ha huido... y no sabemos dónde está.
- ¿Qué has dicho? - grita desconcertado el emperador - ¡Que los dioses no nos abandonen!

Un silencio llena la sala. Constantine lo había logrado: estaba libre, aun dentro del palacio, y seguramente con muchos deseos de encontrarse con Alejandro.


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lunes, 5 de marzo de 2018

278. La Olimpiada: Capítulo 1


La olimpiada
Luchando por la vida

Un delincuente en Atenas,
y un emperador
que lo obliga a ir a las Olimpiadas
para que logre salvar su vida...
¿Podrá, finalmente, escabullirse
de las garras de la muerte?


– Capítulo 01 –

Corría el año 450 a. de C.. En la ciudad de Atenas, capital del Imperio Griego, corrían vientos de violencia. Trifulcas y peleas de suma gravedad. El causante: Constantine, uno de los delincuentes más buscados de la ciudad. Robaba cuanto y cuando podía. Era temido por los soldados griegos e incluso por el mismísimo Senado. Por eso, el emperador Alejandro quería que se pudriera en la cárcel. 

“Con que robe una o dos veces más – pensaba Constantine –, tendré lo suficiente como para escapar de este asqueroso imperio y no volver jamás. Con todo lo que he hecho, ya fue suficiente venganza”. 

“Si logro apresarlo y matarlo – pensaba Alejandro –, seré reconocido como héroe, y los dioses y el pueblo me honrarán por el resto de la historia. Y nunca más se sabrá de este fulano”. 

Un día, los soldados griegos logran dar con el paradero de Constantine, luego de que unos informantes indicaran que andaba en las andanzas nuevamente, en el extremo norte de la ciudad. Un gran contingente de soldados fueron en su búsqueda, con miedo en sus corazones. Y, ¡cómo no iban a tener miedo! Constantine había matado ya a muchísima gente y nadie se atrevía a hacerle frente, ni siquiera el peor delincuente. Pero, después de una ardua lucha e, instalándole una emboscada, logran apresarlo. 

Así pues, deciden llevarlo a la presencia del emperador Alejandro, quien, a esas horas, estaba cenando en el palacio. 

- ¡Oh, su majestad! – irrumpe uno de los siervos del emperador –. 
- ¿QUIÉN OSA INTERRUMPIRME CUANDO ESTOY COMIENDO? – grita Alejandro, muy enojado –. 
- Soy yo, su siervo, señor. Lo que pasa es que... 
- ¿Y SE PUEDE SABER – grita, enojado, parándose de su trono – QUÉ DIANTRES HACES AQUÍ? 
- Es... que... – con miedo – yo, yo, yo, yo... 
- ¡Habla de una vez, ¿quieres?! 
- Atraparon a Constantine, mi señor. 
- ¿Y qué me importa eso? Lo único que quiero es... – la expresión de Alejandro cambia drásticamente de enojo a felicidad - ¿Qué? ¿Es verdad lo que me dices, eso de que lo atraparon? 
- Sí, mi señor. Se lo juro. O sino dejo de llamarme Isidoro. 
- Pero tu nombre es Otis, no Isidoro. 
- ¿Ah sí? – se asusta –. Bueno, es que Isidoro es mi segundo nombre y... 
- – interrumpiendo – Otis, no es momento para que comiences con tus bromas. Eres mi sirviente, no mi payaso. Hazme el favor de traerme a ese inútil bueno para nada de manera inmediata. 
- Sí mi señor. 

Otis va en busca de Constantine. Cuando lo traen, entre 5 soldados, Alejandro lo mira de pies a cabeza, soltando una sonrisa burlesca. 

- Bien, bien, bien, Constantine – comienza a hablar el emperador, con una sonrisa de oreja a oreja –. Por fin te hemos atrapado maldito bastardo. Más de 100 robos, y una cantidad indeterminada de dinero robado… y para qué hablar de las decenas de muertos inocentes. Sus sangres están clamando desde el olimpo. ¿Y tú? ¿Ni siquiera muestras una pizca de arrepentimiento? 

Constantine, sentado, mirando hacia abajo y moviendo el pie de un lado para otro, no emite ninguna palabra. El emperador está atónito. 

- ¿Qué acaso estás sordo? ¡RESPONDE! 
- No – responde al fin Constantine, con una mirada desafiante e intimidante –. No lo estoy para nada. 
- No me das miedo Constantine – responde el emperador – Si yo fuera tú, pediría alguna clemencia… 
- ¿Crees que te temo, Alejandro? Más te vale que ni siquiera se te ocurra soltarme, porque tu vida se acaba aquí mismo. Eres muy valiente teniéndome amarrado y sujetado por tus soldados. Pero veamos qué tan valiente eres en un frente a frente tú y yo solos. No creas que lo he olvidado...

En un rápido movimiento, logra zafarse una mano y tomar por el cuello a Alejandro. 

- … ¡Eres un maldito cobarde Alejandro! ¡Vamos! ¡Suéltame y demuéstrame que no lo eres! ¿A qué esperas? – seguía gritando mientras no soltaba el cuello del emperador - ¡¡Aún no olvido que hayas matado a mi familia!! ¡¡Mi madre era inocente!! ¡¡Mi padre era inocente!! ¡¡Mi hermano era inocente!! Por los dioses... Créeme que gozaré mucho cuando logre acabar contigo, y esa será la dulce venganza de la que tendré el honor de recibir por parte de los dioses... ¡Ya lo verás!

Los soldados finalmente lograron sujetarlo y que soltara el cuello de Alejandro. Y el emperador se decía a sí mismo: “¿Qué hago con él?” 

Al fin, luego de varios minutos de silencio, en donde pasó la tensión vivida anteriormente, Alejandro habla de manera muy nerviosa. 

- Yo... yo lo sentencio a muerte. - luego recupera su cordura y agrega - No le tendré ninguna compasión a este hombre. Tus padres fueron unos mal nacidos que me hicieron la vida imposible, y tú bien sabes por qué. Serás decapitado al amanecer... a menos que a alguien se le ocurra una mejor idea. Mándenlo a prisión – luego, mirando a Constantine, dice: - Te llegó la hora de una vez. Que los dioses se apiaden de ti. 
- No no, Alejandro. Que yo me apiade de los dioses. Eso tenlo por seguro… y será mejor que te encomiendes a ellos mientras puedas, porque esto no quedará así – dicho eso, le escupe -. Y más te vale que tengas entre ceja y ceja a tu familia... ¡No te olvidarás nunca de mí, Alejandro! 

Los soldados golpean con firmeza a Constantine, pero ni se inmuta. Entre los mismos cinco soldados que lo habían llevado a ver al emperador, se va a su prisión en donde pasaría su última noche con vida. 

Una vez marchado el prisionero, Alejandro se sienta en donde estaba merendando y, tomándose la cabeza, decía: 

- ¿Qué haré con este engendro? ¿Será capaz de escaparse de la cárcel? 
- Mi señor – respondió Otis -. Tome este trozo de seda. Límpiese la cara del escupitajo que recibió.
- Oh, si...gracias Otis.
- Ya lo mandó a prisión y por la mañana será ejecutado a las afueras de la ciudad. Hizo lo correcto. Las fechorías de este hombre deben ser pagadas con muerte. Se lo merece por tanta crueldad. 
- Sí lo sé. Pero su mirada… su forma de hablar… el escupo… Este hombre es capaz de hacer cualquier cosa por escapar y cumplir su palabra. Mi vida corre peligro, y también la de mi familia… 
- No se amargue tanto mi señor. Ruegue a los dioses que le de sabiduría y protección para enfrentar esta situación. De todas formas, en mi humilde opinión, debería dejar custodiando la celda de Constantine durante toda la noche, para seguridad de usted, su familia, y de todos nosotros. 
- Tienes razón Otis – aseveró el emperador –. Manda a que custodien la celda toda la noche. Iré donde mi esposa y mi hija para ver que se encuentren bien. 

Dicho esto, Alejandro se va a su alcoba, mientras Constantine es encarcelado, a la espera de su ejecución por la mañana.

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