286. La olimpiada, capítulo 3



- Capítulo 3 -

Alejandro se encuentra solo. Está desconcertado, temeroso, con mucho miedo. Mucho no... con muchísimo miedo. Constantine anda merodeando por entre los pasillos del palacio, y los soldados aun no dan con él. El emperador está consciente que, si Constantine lo halla, todo llega a su fin. Decide ir al oráculo del palacio para buscar la guía de los dioses. Le pide a Adonis que lo acompañe para que interceda por él.

En eso estaba, buscando mil y una formas de poder hallar el favor de los dioses del olimpo cuando, de pronto, se escuchan unos pasos acercarse al oráculo. Alejandro, temiendo lo peor, indica a Adonis que huya mientras pueda. Decidido a hacerle frente, desenvaina su espada, listo para la pelea. Sin embargo, quien llega a donde él no es Constantine, sino uno de los principales, Vasilios.

- Por fin te he hallado Alejandro - dice Vasilios -. Supuse que te hallaría aquí, buscando la ayuda de los dioses. ¿Estás bien?
- ¿De verdad piensas que puedo estar bien? No puedo estar tranquilo mientras mis guardias no hallan a ese asesino. ¿Pero qué se cree este maldito? ¿Cree que puede jugar con nuestras vidas o con los dioses así como si nada? Vasilios: debemos hacer algo. No podemos esperar hasta las olimpiadas para cumplir con los deseos de Zeus.
- Alejandro. Los dioses han hablado, y Zeus es quien manda. No es llegar y desconocer sus designios. Si lo hacemos, las consecuencias serían peores que si hacemos lo que nos piden. Ten paciencia. Pronto habremos acabado con este fulano.
- Espero que tengas razón. Siempre he confiado en los dioses, pero llegas a un punto es que pones en tela de juicio lo que te dicen. ¿No habría sido mejor haber acabado con su vida de inmediato una vez capturado? - comienza a caminar en círculos - Tengo miedo, mucho miedo. Temo por mi vida y... - de pronto, se queda paralizado, completamente helado, sin decir ni una sola palabra. Vasilios se da cuenta -.
- ¿Emperador? ¿Alejandro? ¿Te sucede algo? ¿Por qué has detenido tu marcha y tu habla de manera tan abrupta?
- ¡No! ¡No puede ser! ¡Mi esposa! ¡Mi hija! ¡Tengo que ir a verlas!
- ¡Tienes razón! Vamos ya.

Corren desesperadamente por los pasillos del palacio, para llegar lo antes posible donde su amada familia. En eso, y sin darse cuenta, Alejandro en un cambio de pasillo se encuentra cara a cara con Constantine. Éste está completamente ensangrentado, y trae una espada en su mano. Alejandro queda helado, sin capacidad de reacción. Este es el momento que tanto tiempo había esperado Constantine. Vasilios huye despavorido.

- Pero miren a quién tenemos aquí. Al emperador más patético en la historia de Grecia. Alejandro el cobarde. ¿No que eras muy valiente estando yo amarrado y con guardias a mi alrededor? - empuja a Alejandro y, golpeándose el pecho, grita - ¡Adelante, cobarde! ¡Acaba conmigo de una vez, si eres tan valiente como dices ser!
- No voy a manchar mis manos contaminándolas contigo. ¡Eso jamás!
- ¡Qué hipócrita eres! Mataste a toda mi familia, familia de tu propia esposa... - dicho eso, en un acto de furia, agarra a Alejandro del cuello y lo aprisiona contra una pared - ¡De tu propia esposa, maldito! ¿Cómo pudiste? ¡Tienes tus manos manchadas de sangre inocente! ¿Y ahora dices que no quieres contaminarlas? Pero ahora llegó el momento de acabar contigo, y limpiar la honra de mi padre y de mi madre para siempre.
- Constantine... - intenta hablar Alejandro, ahogándose mientras es ahorcado por Constantine - ...los dioses están mirando. Podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a ambos...
- Jajajaja - se ríe descontroladamente, soltando a Alejandro del cuello - Alejandro, el emperador más "valiente" que el mundo ha conocido... ¿Pidiendo un trato con un delincuente de poca monta? ¡Qué patético eres! Pero ya verás que yo no soy como tú. Tengo un nombre, una honra, y una reputación que cuidar, y este es el momento en que todo el mundo sepa la clase de hombre que eres.

En eso, Constantine le da un rodillazo en la boca del estómago al emperador, y este cae al suelo, ahogándose y con mucho dolor. Aprovechando esto, Constantine toma su espada, listo para acabar con Alejandro, clavándosela en el cuello. De pronto, alguien dispara una flecha, dándole en una de las piernas a Constantine. Este cae de dolor y, aprovechando la instancia, los soldados del palacio se abalanzan sobre él. Por fin, logran apresarlo y, drogándolo, lo hacen dormir. La pesadilla de Alejandro había terminado... al menos por ahora.

- Mi esposa, mi hija... ¿Están bien? ¿Dónde están? ¡Quiero verlas! - gritaba el emperador, luego de calmarse un poco -. Necesito estar con ellas...
- Mi señor - le responde Otis -, deben estar durmiendo. No creo que sea prudente ir a molestarlas. Preocúpese de Constantine que...
- ¡No me digas de qué debo preocuparme! - le interrumpe Alejandro, levantándose y yendo a ver a su familia, corriendo alocadamente -.

Luego de correr unos instantes llegó a la habitación. Luego de pasar sobre los soldados que estaban cuidando, abrió lentamente la puerta y allí estaban: su esposa y su hija durmiendo plácidamente. Una paz y tranquilidad inundó a Alejandro como no la había sentido desde el momento en que Constantine fue apresado por primera vez.

- ¡Gracias Zeus por cuidar de mi familia! No te fallaré. Lo juro.

Finalmente, el cuerpo cansado de Alejandro le pide a gritos dormir. Eran más de las cuatro de la mañana cuando, por fin, el emperador se va a descansar, sin saber lo que ocurriría por la mañana, ni mucho menos saber qué sucedería en la ya famosa Olimpiada que se aproximaba.
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Nota: recuerda que esta obra, compuesta de varios capítulos, tiene licencia y no puede ser plagiada. Más información en el apartado Licencia y condiciones de uso.
Nota: la imagen al principio de este escrito está tomada Guía de Grecia.

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